Ahora, después de tantos años, revuelvo el pasado y la veo a ella. ¿Dónde estará? ¿Me habrá olvidado? ¿Habrá podido reponerse de lo mucho que la lastimé?
Venus...
Esto es así: cuando al Alemán lo vi en sus asados tan resuelto en crear su personaje, lo único que sentí fue ganas de joderle el asado. Y no me costó mucho ver cómo su rostro dejaba esa falsa suficiencia y adquiría con facilidad una molestia que le dibujó un gesto desagradable, como deformado. Una de esas muecas que nos avergüenzan.
El Alemán era de esos tipos que mientras se sentía un personaje valioso mostraba su mejor cara, en cambio cuando se sentía rezagado exhibía su costado más vil.
No fui menos vil que él al buscarla descaradamente. Digo, cuando me enteré que se trataba de su gran amor. Desconozco las razones por las que nos asaltan esos ataques miserables.
Pero no claudiqué hasta conquistarla.
Y la injurié.
Como si injuriara al propio Alemán.
Alemán de mierda...
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Poly, el gran amor trunco en la adolescencia del Alemán.
Yo me pregunto: ¿puede la casualidad confabularse de una forma tan horrible en una pequeña quinta de Escobar, un miércoles a la noche?
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Marcos no había exagerado. Los asados del Alemán eran de antología. Eso lo decían todos y, fundamentalmente, lo decía él, sin el más mínimo pudor. Al Alemán le gustaba ser el centro de la escena. De eso me había dado cuenta enseguida. Iniciaba las conversaciones y luego discurría de forma incansable. Hasta se permitía el uso de preguntas retóricas, intercalando chistes que servían para amortiguar un poco el peso de su verborragia.
Tal vez por eso me sorprendió su repentino silencio cuando Marcos sacó el tema de mi relación con Poly. Entonces no lo sabía, pero Poly había sido su gran amor de adolescencia.
Un amor trunco, claro.
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Conocí al Alemán por Marcos. Si quieren que les diga la verdad, soy esa clase de persona a la que no le gusta mezclarse con los amigos de sus amigos. Pero los asados en la quinta del Alemán habían alcanzado la estatura de mito y ese miércoles, por algún motivo (en realidad, conozco muy bien ese motivo) terminé sentado a la mesa de su pequeño búnker de Escobar, rodeado de chorizos, achuras y costillares.
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Para serles franco, al principio no quise asumir la situación.
Tal vez porque la pasaba muy bien con Marcos y el resto y todavía el fastidio del Alemán no había entrado lo suficientemente en escena. Pero ahora, a la distancia, podía ver todo con claridad.
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